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Regresar al ser: meditar sin esperar

Updated: May 13

La práctica diaria que me enseña a regresar, una respiración a la vez.


Un rincón acogedor de sala con un sillón suave, libros, plantas y luz cálida, diseñado como espacio de meditación y lectura.
Un rincón tranquilo para regresar al ser.

Le ponemos tanta presión a la meditación, esperando que en una sola sesión se nos revele su magia. Queremos abrir los ojos después de cinco minutos transformados en nuestra mejor versión. Yo también lo hacía. Imaginaba que un momento de silencio bastaría para aclarar mis incertidumbres o inspirar mis diseños.


Pero no es así. No basta con cerrar los ojos una vez y esperar claridad. La meditación no es un instante mágico, sino una práctica que construyo cada día. Una repetición amorosa. Muchos momentos de silencio sostenido.


Para que eso sea posible, me enseño a volver. A diario. Y para lograrlo, transformo el hábito en un ritual sencillo.


Todo comienza con gestos mínimos. Me regalo unos minutos al día, elijo un rincón —el sillón de siempre— y me siento ahí con intención. Cierro los ojos. Inhalo profundo. Y al exhalar, imagino que el aire se lleva lo que ya no necesito: pesares, tensión, ruidos. No intento controlar nada. Solo respiro. Solo me entrego.


Aprendo a quedarme, incluso cuando mi mente está inquieta o el silencio se siente distante. Me sostengo ahí hasta que algo en mí empieza a asentarse, y esa pausa, al principio tan fugaz, es un refugio.


Los pensamientos llegan, claro. Pero he aprendido a dejarlos ir. Los observo pasar como vagones de un tren que no tengo intención de abordar. En el espacio, entre un vagón y otro, se cuelan los susurros de las musas y escucho la voz leve mi alma.

Me comprometo a regresar, sabiendo que meditar no siempre se siente “bien” o “mágico”, y que en la práctica diaria es donde está el verdadero regalo; minutos que se convierten en una pausa sagrada.


Para evitar que mi mente se disperse buscando pendientes o listas mentales, antes de cerrar los ojos, observo el espacio que me rodea. Así, cuando se distrae, puedo traerla de regreso al lugar físico donde estoy. Enfoco la mirada interna en el centro de la frente, el tercer ojo, y desde la pantalla negra de mi mente, recorro el entorno. Me anclo a lo que existe. La mente quiere divagar, pero el presente habita este lugar.


Medito y recibo. Me sorprendo decodificando conceptos que se materializan de súbito.

Camino y medito. Ya no me persiguen los pensamientos. Salgo de casa, respiro aire nuevo y observo lo que encuentro. Paseo sintiendo el viento en la cara y me deleito con el canto de las aves. Enamorarme de las flores es mi hobby favorito.


Mientras amamanto, medito. Me acomodo, hago una respiración profunda, relajo los hombros, la espalda, el cuello y me entrego a la experiencia de ser naturaleza. Disfruto el calor de Lucca acurrucado en mi pecho.


Entre meditación y humanidad, vivo la experiencia interior que es la gran aventura del espíritu. Cada viaje es un reencuentro con lo esencial.

A veces me observo desde fuera, como si mirara a la Gina terrenal. La que observa inclina apenas la cabeza, con ternura y curiosidad. Me descubro observando mi existencia. Y en un microsegundo de pure bliss, me experimento habitando.


La respiración consciente y la observación de mis pensamientos son herramientas omnipresentes, a las que acudo sin resistencia, y con frecuencia. Repetición, paciencia y entrega. Confío en el proceso, y me dejo llevar por el ritmo de lo que emerge. Sin presión.


Las relaciones crecen cuando las nutro con paciencia. Mis hijos se desarrollan a su propio tiempo. Las metas se alcanzan con constancia. Y yo me transformo, no porque me exijo ser mejor, sino porque me entrego, un día a la vez, a conocerme más profundamente.



Aprender a meditar y habitarme ha transformado incluso la forma en que experimento el pasado, que a veces regresa como la impresión viva de un momento agradable que me marcó. Sin buscarlo, llega el recuerdo y se posa en mi mente. Se materializan las personas que estaban ahí, lo que viví, lo que sentí. Y, aunque el pantallazo dure poco, ese instante es la felicidad.


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