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Mi cipres


Me deleito contemplando mi árbol, un imponente ciprés de Monterrey originario de California, cuyas ramas anchas y extendidas sostienen como un buen malabarista su abundante follaje. 


Es altísimo. Me encanta su tronco grueso ensanchado en la base y su copa densa y cónica. Su corteza rojiza y agrietada parece haber sido pintada a mano, con vetas en distintos tonos de marrón y matices en crema, negro y amarillo. Su composición es balanceada, no le sobra ni le falta ninguna rama. De ellas cuelga un delicado musgo español como los sauces llorones de Savannah; dependiendo del ángulo desde donde lo mires, resulta enérgico o melancólico. Se yergue solitario en el extenso prado como si hubiera deseado crecer alejado de sus hermanos.


Al ciprés lo vi por primera vez en 2009, una tarde en la que Ricardo me llevó a Hellman Hollow, la zona este del Golden Gate Park. Nos sentamos en una pequeña loma frente a él. Me impactó su tamaño y el contraste de esa mata verde oscuro con el cielo intachablemente azul. Desde entonces decimos que es nuestro árbol. 


En junio, cuando el sol logra imponerse sobre la eterna neblina de San Francisco, fuimos con mi familia a disfrutar del parque. Vi a tres muchachas vestidas con esa mezcla tan característica de estilos que define a la ciudad. Una llevaba sandalias y pantalones bohemios, largos y coloridos; otra, un crop-top con jeans acampanados azul claro, al estilo de los años 70; y la última, un conjunto estampado hasta los tobillos. Desde la pandemia, las reuniones migraron a los parques y ellas bailaban frente a mi árbol, como en una ceremonia mística. Se veían felices, entregadas al ritmo de los tambores. Las observé con nostalgia y alegría.


Tengo grabada en mi memoria esa escena que abrió un portal entre mis raíces en San Francisco y Nicaragua. Me imagino hundiendo los pies en la tierra y una raigambre poderosa me conecta con el ciprés. Siento los pies de mi madre sosteniendo mi columna vertebral y los de mi padre, mis hermanos, mis primos y amigos.


Mi ciprés somos todos, los millones de personas que dramáticamente dejaron de respirar víctimas de la pandemia y los que seguimos recordándolos, luchando contra esta enfermedad que nos roba el oxígeno como nuestra especie se lo roba al planeta.


Inhalo y advierto los latidos de mi corazón que son los del ciprés, majestuoso como la naturaleza misma.


Lo sabía; ella es benevolente y nos dejará abrazarla como yo a él. No lo había hecho antes, varias veces estuve a punto de preguntar en Google “¿Cómo abrazar a un árbol?” y yo me respondía: “Abrazándolo”.


Finalmente lo hice. Pensaba ir sola, pero el sábado a mediodía mis hijos me preguntaron adónde iba y les dije “a ver a un árbol”. Se sumaron contentos a la aventura. Empacaron sus mochilas como si se tratara de una larga expedición. Tomé mi bolsa: cuadernos, lapiceros y la manta de pícnic. En el camino les conté la historia de este árbol tan especial de papá y mamá.


Llegamos y nos acomodamos bajo su sombra. Como si advirtiera mi intención, Giuliano comienza a escalar el tronco. Se detiene en uno de sus descansos y lo abraza. Yo hago lo mismo. Apoyo la punta de mis zapatos en sus nudosidades y me acoplo. Rozo sus grietas hundidas. Giuliano dice que puede escuchar el corazón de la madera y yo lo imito, acerco mi rostro y percibo un son.


Palpo su corteza seca, escamosa. Me asombra la facilidad con que este gigante se deja acariciar; a cambio, sus nudos ofrecen soporte y firmeza. Abrazada a su corpulencia es imposible caer, me atrae como un imán.


Desciendo, no quisiera apartarme. Algo de su piel se ha quedado adherida a la mía. Al observar sus ramificaciones entiendo que mi mente es como ellas: de ahí nacen tallos, gajos, brotes con múltiples sendas que desembocan en el destino previsto, y otras que invitan a perderse como el mapa del subterráneo. Es un faro y una antena receptora mi ciprés, absorbe la energía del universo y la devuelve transformada en magia. 


En un ritual espontáneo, Felipe, tan romántico y cariñoso como Ricardo, dispone pequeñas margaritas en las hendiduras de su base y Giuliano declara emocionado: “Mamá, nuestro árbol es infinito”.


Recogemos el pícnic y emprendemos la marcha. Me volteo, regreso por otro abrazo.



Esta historia está incluida en mi libro El trazo de los días, publicado en español en febrero de 2022 y en inglés en febrero de 2023.

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